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jueves, 9 de octubre de 2014

INDIVIDUOS vs. COLECTIVOS

¿Alguna vez os ha pasado que os montáis una teoría sobre algo en vuestra cabeza, se la contáis a todo el mundo cada vez que surge la oportunidad, y de repente una noticia o acontecimiento aparece corroborando tu tesis? ¿no os dan ganas de decirle al mundo: ¡ves, te lo dije!? No se trata de que me faltaran argumentos para mi teoría, tampoco que sea una teoría polémica que vaya contra unos y a favor de otros, es, simplemente, que la realidad se hace muy evidente en frente de tus narices, y reconozco que reconforta. Sobre todo porque no es lo habitual… lo habitual es que mis teorías se descompongan al chocar con la cruda realidad. El caso es que esta misma semana me ha ocurrido y no puedo dejar de compartirlo con vosotros.

Igual que con el fútbol, en España nos encanta polemizar con todo, y especialmente generar divisiones y subconjuntos de subconjuntos para demostrar lo únicos y excepcionales que somos. No se si es intrínseco a los humanos en general, lo que se es que en la raza ibérica lo llevamos a fuego: ¿quién no piensa que su pueblo es el más bonito del mundo? ¿quién no cree que las fiestas de su barrio/ciudad son las mejores que hay y que nunca jamás habrá? ¿no os parece que vuestras costumbres son mucho mejores que las de cualquier otro pueblo de la zona, y ya no digamos de la provincia? Nos encanta destacar lo singular que es nuestra comunidad y lo malas que son las demás. Con las instituciones pasa lo mismo: defendemos a unos partidos políticos frente a otros como si nos fuera la vida en ello; hay algunos que no pueden ni ver a los sindicatos y otros que piensan que los empresarios son la auténtica lacra de nuestra sociedad; tenemos “hordas” de gente que apoya todo lo que digan determinados partidos y/o sindicatos, y  “manadas” que están a muerte con otros partidos y/o patronales. Mi opinión es que nos lo tomamos demasiado en serio. A la hora de juzgar a unos y a otros vemos más lo que nos diferencia que lo que nos une, y no nos damos cuenta de que en realidad, todos nos parecemos mucho más de lo que creemos.

Y esta semana ha habido una noticia que me ha dado alas para hacer pública mi tesis en EMBArcados: las famosas tarjetas “black” de Bankia. No pienso entrar a debatir sobre la legalidad o no del asunto, tampoco sobre si ha sido un comportamiento ético o no, ni muchos menos a juzgar los hechos. Pero si creo que es muy ilustrativo analizar quién se ha visto salpicado por esto. ¿Ha sido un partido en concreto? No, han sido todos; ¿Han sido los empresarios o los sindicatos? Han sido todos; ¿se trata de ricos que roban para ser mas ricos, o de pobres que roban para ser menos pobres? ¿han sido los del Real Madrid o los del Atlético? No lo se. Lo que es evidente es que esto no es un problema de “castas” como lo quieren hacer ver algunos. Se trata de un problema de educación, de cultura y de comunidad.

La verdadera singularidad no está en tu barrio, en tu equipo de futbol o en tu partido político. La singularidad está en cada persona. Cada uno nos comportamos de manera distinta ante situaciones similares: seamos políticos o no, seamos empresarios o seamos sindicalistas. Por este motivo, las soluciones no están en eliminar los colectivos malos, no, todos son necesarios. La solución pasa por un enfoque más maduro, más profundo, y por supuesto, mucho menos ultra.

No pretendo, ni mucho menos, utilizar esta escasa página para dar soluciones a problemas que atañen a millones de personas, sólo pretendo despertar algunas mentes que siguen adormecidas con los cánticos de la manada (de su manada) y siguen como por instinto. A corto plazo, por supuesto, es fundamental que se apliquen las leyes de manera ejemplar, porque eso es la base del sistema. Pero a largo plazo, en mi opinión, eso sólo, no soluciona el problema. La raíz del problema, y donde debemos trabajar, está en los estratos más profundos de la sociedad, empezando por los niños. Aquí se abriría un debate mucho más importante, que hoy no toca en este post, pero que es necesario.


Para concluir, si me gustaría compartir una reflexión que sirve de puente entre este post y las futuras reflexiones y debates que tanto necesitamos para afrontar este problema: los derechos no son de los colectivos, son de las personas. Debemos encaminarnos a este debate con la idea clara de que nadie que pertenezca a un grupo concreto, tiene superioridad ética, moral o legislativa sobre otra persona. La clave está en la libertad individual, esa es la auténtica joya que debemos proteger en primera instancia. En segunda instancia, se deberá juzgar si el uso de esa libertad ha sido el correcto o no.

lunes, 21 de abril de 2014

La sociedad y yo

La semana pasada me la tomé de vacaciones y por eso no hubo post. Puede que muchos penséis que no está bien, que esto se trata de un asunto personal y que no debería verse afectado por los periodos vacacionales, al fin y al cabo, tampoco cuesta tanto escribir unas líneas para la afición. Por otro lado, muchos pensaréis que darse unas vacaciones de lo que sea (incluso de las aficiones) de vez en cuando es “justo y necesario”.

La realidad es que no lo escribí, y la única razón es que he sido demasiado perezoso, pero ¿quién no ha hecho o dejado de hacer algo por lo que dicen los demás? Muchas de nuestras decisiones vienen dadas por la influencia de las personas que nos rodean, por nuestros grupos o equipos de trabajo, por nuestros jefes, por nuestros amigos, o por ese concepto tan poco tangible que es “la sociedad”. Nos basamos en creencias sociales o tendencias de grupo para tomar nuestras propias decisiones. Esto a veces nos puede llevar a conclusiones acertadas, pero en ocasiones nos lleva a Error, ese lugar tan inquietante del que ya hemos hablado, y del que inevitablemente volveremos a hablar en este blog.

El problema no es tanto el error, sino la responsabilidad asociada. Es decir, yo puedo tomar la decisión que quiera en base a lo que me dicen los demás, pero tengo que ser consciente de que la responsabilidad de escribir un post o no, es única y exclusivamente mía. Las consecuencias de determinadas acciones no voy a poder achacárselas a la sociedad, por mucho que ella me haya inducido a hacerlas. Tendré que asumirlas yo mismo.

La dinámica de nuestro día a día, la vertiginosa vida socio-laboral que tenemos, y la rapidez de la sociedad de la información nos obligan a tomar decisiones rápidas, casi intuitivas y que muchas veces están sesgadas por la opinión del grupo que nos rodea. Esto no es intrínsecamente malo, pero nos exige desarrollar un agudo espíritu crítico de todo aquello que decimos, leemos o escribimos.

En 2006, el profesor Jerry M. Burger, de la universidad de Santa Clara, en Estados Unidos, publicó un artículo que se titulaba “Replicando el experimento de Milgram, ¿obedecerá la gente todavía?” Para los que no sepan en qué consiste el experimento de Milgram, aquí os dejo un link (http://es.wikipedia.org/wiki/Experimento_de_Milgram) Las conclusiones básicamente indican que los resultados que Milgran obtuvo en los años 70 siguen estando vigentes hoy en día, esto es, hoy en día aún estamos dispuestos a renunciar a nuestro propio espíritu crítico, a nuestra propia conciencia, con tal de obedecer a una autoridad supuestamente autorizada. La película alemana “la ola”, de Dennis Gansel es otro claro ejemplo de lo que el hombre es capaz de hacer, renunciando a su individualidad en pos de lo que le dicta el grupo. Es decir, no es muy común entre los de nuestra especie el razonamiento crítico y el uso de la lógica tal y como nos la enseñó Aristóteles. Por muy modernos que nos creamos, en este aspecto aun somos muy primitivos.

Estos ejemplos son evidencias de cómo funciona nuestra mente y las pocas ganas que tiene el hombre por cuestionar los inputs que recibe. Tenemos una enorme capacidad para pensar de forma automática e intuitiva. Esta capacidad, habitualmente eficiente, la obtenemos a costa de cometer errores ocasionales. No obstante, generalmente no nos percatamos de la existencia de estos errores y los incluimos en nuestro razonamiento de manera automática, lo cual nos lleva a cometer nuevos y mayores errores. Es clave que identifiquemos los caminos a través de los cuales construimos nuestros razonamientos para aislar los que son falsos. ¿Cómo podemos hacer esto? Primero, valorando nuestros juicios en su justa medida. Es muy común sobreestimar nuestros juicios, lo que nos lleva a desestimar las tesis contrarias, es más, habitualmente buscamos información adicional que confirme nuestra opinión, en vez de valorar lo que dicen los contrarios. Segundo, es clave no dejarse seducir por falsas correlaciones y por la sensación de control personal. Muchas veces estamos tentados a aceptar correlaciones que no existen y creemos que podemos predecir, o controlar eventos que no podemos. Y tercero, muy habitualmente las tendencias (en la sociedad, en la empresa, en la familia o en nuestro grupo de trabajo) influyen en nuestros juicios de valor, en nuestra interpretación de la realidad, en la valoración de las mismas tendencias e, incluso, en la propia bondad de nuestros juicios de valor. Estando prevenidos, es más fácil identificar esas tendencias y aislarse de ellas, aunque sólo sea por un momento, mientras educamos nuestro pensamiento sobre las mismas.

El post de la semana pasada se quedó sin escribir, es un hecho. Ahora me toca a mí hacer examen de conciencia sobre cómo  llegué a la conclusión de que posponerlo era una buena idea. Ya os contaré qué nota saco en el examen J