jueves, 9 de octubre de 2014

INDIVIDUOS vs. COLECTIVOS

¿Alguna vez os ha pasado que os montáis una teoría sobre algo en vuestra cabeza, se la contáis a todo el mundo cada vez que surge la oportunidad, y de repente una noticia o acontecimiento aparece corroborando tu tesis? ¿no os dan ganas de decirle al mundo: ¡ves, te lo dije!? No se trata de que me faltaran argumentos para mi teoría, tampoco que sea una teoría polémica que vaya contra unos y a favor de otros, es, simplemente, que la realidad se hace muy evidente en frente de tus narices, y reconozco que reconforta. Sobre todo porque no es lo habitual… lo habitual es que mis teorías se descompongan al chocar con la cruda realidad. El caso es que esta misma semana me ha ocurrido y no puedo dejar de compartirlo con vosotros.

Igual que con el fútbol, en España nos encanta polemizar con todo, y especialmente generar divisiones y subconjuntos de subconjuntos para demostrar lo únicos y excepcionales que somos. No se si es intrínseco a los humanos en general, lo que se es que en la raza ibérica lo llevamos a fuego: ¿quién no piensa que su pueblo es el más bonito del mundo? ¿quién no cree que las fiestas de su barrio/ciudad son las mejores que hay y que nunca jamás habrá? ¿no os parece que vuestras costumbres son mucho mejores que las de cualquier otro pueblo de la zona, y ya no digamos de la provincia? Nos encanta destacar lo singular que es nuestra comunidad y lo malas que son las demás. Con las instituciones pasa lo mismo: defendemos a unos partidos políticos frente a otros como si nos fuera la vida en ello; hay algunos que no pueden ni ver a los sindicatos y otros que piensan que los empresarios son la auténtica lacra de nuestra sociedad; tenemos “hordas” de gente que apoya todo lo que digan determinados partidos y/o sindicatos, y  “manadas” que están a muerte con otros partidos y/o patronales. Mi opinión es que nos lo tomamos demasiado en serio. A la hora de juzgar a unos y a otros vemos más lo que nos diferencia que lo que nos une, y no nos damos cuenta de que en realidad, todos nos parecemos mucho más de lo que creemos.

Y esta semana ha habido una noticia que me ha dado alas para hacer pública mi tesis en EMBArcados: las famosas tarjetas “black” de Bankia. No pienso entrar a debatir sobre la legalidad o no del asunto, tampoco sobre si ha sido un comportamiento ético o no, ni muchos menos a juzgar los hechos. Pero si creo que es muy ilustrativo analizar quién se ha visto salpicado por esto. ¿Ha sido un partido en concreto? No, han sido todos; ¿Han sido los empresarios o los sindicatos? Han sido todos; ¿se trata de ricos que roban para ser mas ricos, o de pobres que roban para ser menos pobres? ¿han sido los del Real Madrid o los del Atlético? No lo se. Lo que es evidente es que esto no es un problema de “castas” como lo quieren hacer ver algunos. Se trata de un problema de educación, de cultura y de comunidad.

La verdadera singularidad no está en tu barrio, en tu equipo de futbol o en tu partido político. La singularidad está en cada persona. Cada uno nos comportamos de manera distinta ante situaciones similares: seamos políticos o no, seamos empresarios o seamos sindicalistas. Por este motivo, las soluciones no están en eliminar los colectivos malos, no, todos son necesarios. La solución pasa por un enfoque más maduro, más profundo, y por supuesto, mucho menos ultra.

No pretendo, ni mucho menos, utilizar esta escasa página para dar soluciones a problemas que atañen a millones de personas, sólo pretendo despertar algunas mentes que siguen adormecidas con los cánticos de la manada (de su manada) y siguen como por instinto. A corto plazo, por supuesto, es fundamental que se apliquen las leyes de manera ejemplar, porque eso es la base del sistema. Pero a largo plazo, en mi opinión, eso sólo, no soluciona el problema. La raíz del problema, y donde debemos trabajar, está en los estratos más profundos de la sociedad, empezando por los niños. Aquí se abriría un debate mucho más importante, que hoy no toca en este post, pero que es necesario.


Para concluir, si me gustaría compartir una reflexión que sirve de puente entre este post y las futuras reflexiones y debates que tanto necesitamos para afrontar este problema: los derechos no son de los colectivos, son de las personas. Debemos encaminarnos a este debate con la idea clara de que nadie que pertenezca a un grupo concreto, tiene superioridad ética, moral o legislativa sobre otra persona. La clave está en la libertad individual, esa es la auténtica joya que debemos proteger en primera instancia. En segunda instancia, se deberá juzgar si el uso de esa libertad ha sido el correcto o no.

martes, 30 de septiembre de 2014

A vivir, que son dos vidas

¡Vivir dos vidas! ¡Eso sí que es imposible!

Bueno, no tanto.  Es una forma de hablar, pero seguro que todos nosotros conocemos a alguien que puede decir que ha tenido dos vidas. 

La vida se define, en su cuarta acepción, como el espacio de tiempo que transcurre entre el nacimiento y la muerte. Entonces, para vivir dos vidas, es preciso que una de ellas acabe y la segunda florezca. Y así, se dan ocasiones, felices casi todas ellas, en las que alguien termina su vida y comienza otra.  El tránsito de una a otra, el rubicón, suele ser traumático.  

Pero como no quiero hablar de muerte sino de vida, hablaremos de lo que viene a continuación de ese vacío, el nacimiento de una nueva vida.

¿Cuántas veces hemos pensado algunos en lo que haríamos si volviéramos a nacer, si se nos otorgara la oportunidad de empezar de cero sin renunciar al bagaje de nuestra experiencia?  Las personas que viven dos vidas, tienen la inmensa fortuna de poder hacerlo.

Hoy un buen amigo ha cruzado el rubicón. Estas palabras son para él.

Ha sido, está siendo, traumático. Pero lo ha hecho, ha vuelto a nacer.  Todo nacimiento es celebrado, y este, a fe, lo es.  El propio lenguaje, tan  cicatero para expresar otras emociones, nos regala varias palabras para decir alumbramiento, florecimiento, brote, eclosión…  Todas ellas bellísimas.  

Mi experiencia al respecto es muy exigua. Pude sentir,  por algunos días,  el vértigo de tener que recorrer el camino de una primera a una segunda vida, aunque al final se quedó en poco, en la efímera sensación que se tiene cuando uno se asoma a un abismo, bien protegido tras una barrera. Sin embargo, me voy a permitir dar mi opinión sobre esta segunda vida.

Aquel bolero, cantaba quedo lo de salud, dinero y amor. El orden en el que lo dice no es baladí,  pues nos revela valiosas pistas. Así,  mientras el dinero se presenta como el  relleno que permite al autor no caer en la ordinariez del ripio, el inicio y el fin de todo queda a la ventura de la salud y el amor.

En las horas más bajas, en la soledad del miedo a lo trágicamente inmediato, todos nos aferramos a la salud como bien supremo. Es la ausencia de salud la que da la señal de alarma.  Pero es la sensación de pérdida de los afectos lo que causa el Verdadero Temor, el espejo que nos devuelve la imagen asustada de nosotros mismos. No conozco a nadie que recuerde sus constantes vitales en los momentos decisivos de su vida, pero sí que conozco  a muchos que recuerdan la primera vez que besaron a su mujer, o aquella vez que su madre les miró de aquel modo tan tierno, o cuál fue la carita que pusieron sus hijos la primera vez que abrieron los ojos a este mundo,  o el día que su padre pasó jugando todo el día con ellos. La salud es la circunstancia necesaria, a veces caprichosa o fortuita,  para que se de la vida,  pero esta sólo puede vivirse en plenitud a través de los afectos.
 
Así que, querido amigo, espero que celebres esta nueva vida que, gracias a Dios, vas a poder vivir; cuidando aquellos besos,  devolviendo esa miradas, asombrándote de nuevo por esas graciosas muecas o reviviendo de nuevo la sorpresa y la emoción del juego. Al igual que los aceros más resistentes, los granos finos que conforman esos pequeños amores hacen que una vida sea más sólida, más densa, más plena. Sólo espero que guardes un pequeño hueco para nuestro pequeño afecto.

Quizá hayas  descubierto que a veces es preciso descender a los infiernos, adentrarte en las tinieblas, en la noche obscura para descubrir la verdadera felicidad, al alba. En ese viaje al Averno, no es extraño que uno se extravíe. Incluso los hay que, después de volver, han dejado allí grandes jirones de piel y vuelven al mundo con tales cicatrices que el aspecto de su alma es apenas una trágica caricatura.

El camino de vuelta no es fácil. Por algo puso el Clásico un perro de tres cabezas guardando la puerta del infierno.  No tengas miedo de volver,  amigo. No te rindas, no rebles, no estás sólo en ese viaje. Los trabajos son muchos, pero la paciencia y la esperanza son las virtudes  de los  ganadores.  ¡Ah! Y recuerda que no hay meta, sólo camino.

En una ocasión dije en público un dicho mejicano, que decía que… si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes.  Tú estabas allí cuando lo dije; así que riámonos pues;  amigo, pues ese gozo es el único plan que vas a tener en esta, tu segunda vida. 
PD: A veces recurrimos a algo exótico para adornar algo y que resulte fascinante. Si lo desvistes, queda la  esencia de la autenticidad,  la originalidad. Para mí,  el verdadero encanto de la sencillez. Así que, si me permites, yo te voy a seguir llamando Angelico. 

Por Jorge Barcelona

domingo, 14 de septiembre de 2014

Ruta Marangu y tu trayectoria profesional


Siempre me ha gustado la montaña, desde que iba de pequeña con mi padre por la sierra de Madrid o a los Picos de Europa, hasta las veces que he podido disfrutar en los Pirineos. Hace tiempo que no hago una gran ruta pero este verano si me pude asomar un día a la Anajarra, un 2.000 en la sierra de Madrid, en el puerto de la Morcuera, que sin excesivo esfuerzo te lleva a unas buenas vistas.

Uno de mis hermanos acaba de volver de subir al Kilimajaro, el punto más elevado de África casi un 6.000. Hay diversas rutas que te llevan hasta la cima, la más común es la ruta Marangu, tres días hacen falta para alcanzar la cima y dos para el descenso, son un total de 64km de recorrido, haciendo frente en muchos casos al mal de altura. El equipo que acompaña al escalador que hace esta ruta suele ser de un guía y tres porteadores. La flora y fauna que uno encuentra durante la travesía es espectacular y alcanzar la cima con éxito una satisfacción que no se puede describir con palabras. Debe ser una de esas experiencias únicas en el mundo.


En este tipo de deporte el esfuerzo de la subida siempre se ve recompensado por alcanzar la cima y poder otear el horizonte desde una privilegiada situación. Hay que tener una meta, el pico que se quiere alcanzar, o sin necesidad de subir, el lugar al que se quiere llegar.  Siempre en estos trayectos me doy cuenta de lo importante que es visualizar la meta, tener claro a donde se quiere llegar y mirar a la cumbre, si alcanza la vista, pero también es importante no perder de vista el sendero, mirar al siguiente hito al que llegar, el corto plazo. En ocasiones las sendas se bifurcan, aparecen ante nuestros ojos atajos, oportunidades, que podemos tomar sopesando siempre si nos acercaran o nos alejaran de la meta. Es importante no olvidar disfrutar del camino, parar a mirar a nuestro alrededor, volver la vista y ver todo lo ya recorrido para seguir avanzando.

Nuestra trayectoria profesional es como un GR, algunos lo acaban de empezar, otros están cerca ya de llegar. Podemos avanzar con la ayuda de un guía, un mapa, preguntando a los que nos cruzamos en el camino… que vuelven de nuestra meta, si vamos bien, si queda mucho y cuanto esfuerzo les ha supuesto; quizá en algunos momentos necesitamos ayuda de porteadores, pero en último caso cada uno es el que debe llevar la brújula y saber a dónde quiere llegar, y es el responsable de llegar al siguiente hito o decidir si toma un atajo…

 Como comentaba la profesora del IESE Mireia de las Heras en una charla sobre la trayectoria profesional: “Vivir sin saber en qué estaremos trabajando dentro de cinco o diez años, ni qué competencias se nos van a exigir, genera una lógica inquietud: sabemos que nuestro trabajo va a cambiar… pero no sabemos hacia dónde.”

Esto supone estar atentos, trabajar en nuestra empleabilidad,  desarrollar más las competencias que los conocimientos; tener capacidad de adaptación, aprender a aprender y ser flexible.

Así que ya sabes, elige tu senda, cálzate la botas y consigue el equipo necesario para llegar a tu Ngáje Ngái (Kilimanjaro en idioma masái)
 
 

sábado, 30 de agosto de 2014

ELOGIO A LA CURIOSIDAD

En estos últimos días de verano, me resisto a volver a conectarme al mundo y prefiero seguir en mi nube vacacional, por lo menos hasta el domingo, pienso seguir disfrutando de la familia, los amigos y el mar. No obstante, no me puedo resistir a echar un vistazo a algunos blogs que sigo. Es a la hora de la siesta cuando me tumbo en el sofá, con la vuelta ciclista a España de fondo, y leo algún post que me haya cautivado por tener título sugerente.

Tal fue el caso del último artículo del profesor del University College London, Tomás Chamorro-Premuzic en el blog de la Harvard Business Review (Aquí el enlace en inglés). El título me pareció suficientemente atractivo como para sumergirme en él: “la curiosidad es tan importante como la inteligencia”. En concreto, Tomás propone tres cualidades psicológicas para mejorar nuestra habilidad de manejar la compleja y abultada información que nos rodea en nuestro día a día. Estas son: el coeficiente intelectual, el coeficiente emocional (la habilidad de percibir, controlar y expresar emociones), y por último, aunque no menos importante, el coeficiente de curiosidad.

El autor define este coeficiente como el nivel de “hambre” que tiene nuestra mente. Las personas con un coeficiente de curiosidad alto son más inquisitivos y abiertos a nuevas experiencias. A partir de ahí, habla de las ventajas de desarrollar este tipo de mente, como por ejemplo, tener una mayor tolerancia a la ambigüedad, o adquirir mayores y cada vez más sofisticados conocimientos.

El artículo, si bien es muy interesante, no hace honor al título, y no abunda en la idea de que la curiosidad puede ser una virtud tan valiosa como la inteligencia. En mi opinión la curiosidad, bien dirigida, es una manera muy eficaz de gestionar la gran cantidad de información que recibimos constantemente. A diario nos llegan “gigas” y “gigas” de información que habitualmente ignoramos bien por desconocimiento, o bien por la pereza de tener que procesar tal volumen de datos. Sin embargo, gracias a la curiosidad y si sabemos canalizar los esfuerzos, nuestro nivel de tolerancia de información aumentará considerablemente.

En cambio, lo que si hace el autor es dejar una luz de esperanza para todos aquellos que no tienen altos niveles de coeficiente de curiosidad, pues, según dice, se trata de algo que se puede adquirir y mejorar.  En mi opinión, ya que no da pistas, el primer paso es darse cuenta e indagar sobre qué tipos de información nos causan más inquietud y cómo podemos utilizar esos datos para nuestro beneficio (intelectual, profesional, personal…).

A pesar de que, como suelen decir, “la curiosidad mató al gato”, creo que muchas veces bien merece la pena el riesgo, sobre todo cuando se trata de desarrollar, mejorar, o adquirir conocimientos. Por eso, aunque a estas alturas del año mi mente necesita un descanso, desconectar totalmente me resulta casi imposible, y trato de forzarla, para que, a través de la curiosidad, siga entrando información útil al cerebro que me ayuden en alguno o varios aspectos de mi vida. ¿Cuándo fue la última vez que no te resististe a buscar esa información que explicaba lo que estabas viendo? ¿A preguntar por ese dato que desconocías? Si no te acuerdas, piensa cómo puedes mejorar tus hábitos, y seguro que consigues sacar provecho a un arma tan valiosa como la mismísima inteligencia.

martes, 22 de julio de 2014

EL OJO DEL GUÍA

Después de un mes de viaje, y después de haber conocido partes de África impresionantes, estoy de vuelta en Madrid. El caso es que, desde los calurosos días de julio en esta ciudad, recuerdo este viaje como lejano, no sólo en la distancia sino en el tiempo. Es muy difícil plasmar en un post los momentos vividos, y tampoco es este el foro adecuado; pero si hay algo que me ha llamado mucho la atención durante parte de mi estancia en Botswana, y que constantemente me incitaba a comentarlo en EMBArcados. Lo he titulado, “el ojo del guía”.

He tenido el enorme privilegio de pasar unos días en el corazón del Delta del Okavango, una de esas maravillas geológicas y naturales que difícilmente puede entender el hombre. En este lugar he podido realizar todo tipo de safaris (excursiones para contemplar la fauna), entre otros, safaris a pie, con la connotación salvaje y excitante que ello tiene. En este tipo de safaris, lo grandioso no es tanto ver animales (que también lo es) sino experimentar, desde el silencio más absoluto y en un entorno completamente salvaje, la naturaleza en su más pura esencia. Como podréis suponer, este tipo de travesías no las hemos hecho, en ningún caso, solos. En todo momento estábamos acompañados por personas experimentadas que nos guiaban por la selva más virgen que se puede visitar en África.

El comportamiento de estos guías es lo que me ha causado una profunda impresión. Se trata de expertos en el territorio en el que se mueven, que conocen bien el comportamiento de los animales y que saben manejar al turista occidental en un entorno totalmente desconocido para ellos. Más allá de la profesionalidad que tienen (supongo que habrá de todo), yo he tenido la suerte de conocer a varios con una característica común: saben mirar. Parece obvio, pero no es fácil enfrentarse a un problema desde cero y saber qué hay que mirar, qué se debe analizar, en qué enfocarse, para diagnosticarlo y resolverlo. Dado que la naturaleza es esencialmente cambiante, cada mañana que salíamos a caminar con los guías por el Delta del Okavango, la situación era distinta al día anterior: los leones cambian de ubicación, los hipopótamos se refugian en nuevos sitios, los leopardos y las hienas buscan nuevos lugares para cazar… todo cambia. Por eso es clave tener la mirada entrenada para enfrentarse a problemas distintos cada día y no perder horas hasta encontrar qué datos son los importantes.

Como decía el profesor del IESE Jose Luis Illueca, un espía del Mosad, cuando entra en una habitación por primera vez, antes de nada, se dedica a buscar las salidas, que son claves para su supervivencia. Del mismo modo, nosotros tenemos que aprender a mirar. Esto implica tres aspectos a desarrollar: (1) saber qué busco: es decir, qué información necesito para diagnosticar un problema, para llevar a cabo un objetivo, etc. (2) dónde lo busco: cuáles son mis fuentes de información; en el caso de los guías del Okavango, en las pisadas de animales, en el olor del ambiente, en la dirección del viento, en el comportamiento de otros animales, etc. Y (3) cómo lo busco; es decir, de qué herramientas dispongo para buscar esa información necesaria. Por ejemplo, los guías disponen, esencialmente de dos herramientas: los sentidos (sobre todo la vista, el oído y el olfato) y la memoria de experiencias anteriores.

Si somos capaces de hacernos el mapa de cada situación de un modo automático y, sobre todo, si entrenamos nuestra “vista”, de tal manera que espontáneamente dirijamos nuestros esfuerzos hacia los puntos clave en cada situación, el periodo de diagnóstico de los problemas se acorta y esto reduce esfuerzos y riesgo de equivocarnos.

Si al acercarnos a una manada de elefantes con crías, el guía tarda demasiado tiempo en identificar la dirección del viento (con el objetivo de evitar que les llegue nuestro olor), bien porque no sabe qué indicadores mirar, dónde encontrar esos indicadores o cómo detectarlos, lo más probable es que se encuentre con un problema gordo.

Por suerte, en casi todos los casos de mi viaje a África, la sensación que me llevé fue que nuestros guías eran ágiles detectando e interpretando estos indicadores, y que supieron resolver todas las situaciones de potencial conflicto en las que nos encontramos. Lo cual hizo de nuestro viaje por el corazón de África una de las mejores vivencias que he podido disfrutar en toda mi vida.

viernes, 4 de julio de 2014

Primer aniversario, GRACIAS!


Hoy EMBArcados cumple su primer año, un año en el que hemos podido cumplir nuestros objetivos porque ha sido un año lleno de aprendizajes, de experiencias, de ilusiones... un año de compartir ideas, conocimientos y opiniones.

Lo primero que queremos hacer para celebrar este aniversario es daros las gracias a todos nuestros lectores y seguidores, sin vosotros este proyecto no tendría sentido! gracias por leernos, gracias por vuestros comentarios, vuestras críticas, y vuestros ánimos, gracias por vuestras sugerencias y muchas gracias por vuestras colaboraciones!
 
 
 
 

Ha sido un año que ha dado para mucho, en el que hemos podido hablar y aprender de negociación, motivación y energía, trabajo en equipo, planificación, de cafés con encanto, del paso del tiempo... de hablar en público, de miedos, de responsabilidad social y un largo etc.

Nuestro proyecto sigue viento en popa, tenemos ideas nuevas y la misma ilusión que el primer día,  también cosas que mejorar como el diseño que aunque ha ido evolucionando todavía le queda recorrido… esperamos seguir contando con vosotros, que nos leáis, que nos difundáis y que os animéis a escribir!!

Muchas gracias y nos vemos en los próximos post de EMBArcados!

sábado, 21 de junio de 2014

LA MENTE DEL MÉDICO


Hace dos semanas me vine a África de vacaciones. La ruta incluye quince días en Namibia y siete en Botswana. Me queda por tanto una semana más para disfrutar de estas maravillosas tierras. Como aún no he acabado mi viaje, no voy a dedicar este post a África, me gustaría escribir sobre esta aventura desde la tranquilidad de mi mesa de trabajo en Madrid y la perspectiva que dan los kilómetros. Pero si quiero aprovechar el post de hoy para compartir con vosotros un libro que estoy leyendo durante los pocos ratos libres que me quedan. Encontré el título en Amazon, gracias a una de esas recomendaciones mágicas que hace el portal "vendelotodo" y me cautivó inmediatamente. El autor, Jerome Groopman, es jefe de medicina experimental en el Beth Israel Deaconess Medical Center y ha escrito varios libros como que el tengo entre mis manos. El título es "Cómo piensan los médicos", y como dice su contraportada, trata de ilustrar la mente de los médicos cuando diagnostican pacientes y su relación con éstos últimos.

Me pareció muy interesante analizar este punto de vista y compararlo con la actividad diaria de una persona que toma decisiones dentro de una organización. Por suerte, hasta ahora, no me está defraudando.

La mayor parte de ejemplos que pone Groopman son de médicos de urgencias y de atención primaria. Quizá sean los más interesantes para estudiar la toma de decisiones médicas en ambientes difíciles: (1) tienes que estar preparado para recibir varios pacientes en muy poco tiempo, cada uno con sus peculiaridades, (2) dar un tratamiento inmediato que trabaje sobre los problemas urgentes y (3) decidir sobre los siguientes pasos del paciente dentro del hospital (si internarlo, transferirlo a otra institución, etc.) con toda la responsabilidad que ello supone.

Salvando las diferencias, esto me parece muy similar a las situaciones que viven muchas personas en sus puestos de trabajo diariamente. Cuando llega un asunto urgente a nuestras manos, tenemos que ser capaces de tomar una serie de decisiones críticas y asumir unas responsabilidades asociadas a las consecuencias de nuestras decisiones.

En primer lugar, Groopman habla de errores del pensamiento. Muchas veces nuestra propia mente nos juega malas pasadas y nos lleva a errores cognitivos. Los errores técnicos ocurren muy pocas veces (que una máquina de rayos X haga mal una radiografía es poco habitual) lo más común es cometer errores en el procesamiento mental que hacemos de la información. Estos errores están relacionados con nuestros pensamientos y esquemas previos; estar alerta y prevenidos de nuestras propias preconcepciones es fundamental para no caer con frecuencia en este tipo de errores. A modo de ejemplo, el autor habla de una chica que durante mucho tiempo le habían diagnosticado bulimia. Cada médico que visitaba estaba sesgado por esta etiqueta y hacia muy difícil creer las versiones de la chica con respecto a su comportamiento. A pesar de que su situación se agravó severamente, por suerte detectaron a tiempo que en realidad la chica era celiaca y que su cuerpo no toleraba la mayoría de los alimentos que le daban. Durante mucho tiempo, los esquemas previos de los doctores que la trataron sólo conseguían empeorar la situación de la chica.

En segundo lugar, el libro menciona los peligros de nuestras emociones. Pacientes, familiares y médicos "navegan" en un mismo barco, y como se suele decir, el roce hace el cariño. Sin embargo, es crítico que los médicos tengan la vista puesta en el lado más neutral posible, para evitar emociones o sentimientos que lleven a decisiones equivocadas. La amistad o el cariño, así como el rechazo o la intolerancia hacia otros nos impide ser objetivos y hacer diagnósticos adecuados de cada situación.

Por último, Groopman nos dice que un buen médico debe ser capaz de hacer las preguntas adecuadas para alcanzar un buen diagnóstico, incluso en situaciones de presión como son las urgencias. Llegar a este tipo de preguntas se consigue a través de análisis ágiles pero cautelosos que en vez de darnos una respuesta única, generen una lista de alternativas que nos salvaguarden de nuestros propios errores.

Por suerte aún no he acabado el libro, es decir, todavía me quedan cosas por aprender del mismo y todavía me quedan vacaciones para disfrutarlo. Pero estas tres reflexiones me parecían muy interesantes para compartirlas con vosotros incluso desde el corazón del Parque Nacional de Chobe, en Botswana, donde estoy ahora mismo. La mente del médico es muy especial en muchas cosas (su vocación, su capacidad de memorización, etc.) pero nos puede servir como ejemplo de análisis y toma de decisiones en cuanto a que se enfrentan continuamente a la problemática de hacer diagnósticos bajo presión y actuar en consecuencia, responsabilizándose además de las situaciones que se deriven, como ocurre en las mentes de muchas personas con responsabilidad en su trabajo.

Además, os dejo una foto hecha con mi móvil de las puestas de sol que se disfrutan por estas latitudes, para que os sirva de momento de reflexión como me están sirviendo a mi.